Cultura

Algo así como un pequeño asombro

Vengo de varios días de dar vueltas por la guardia, los pasillos y el área de cuidados críticos de cardiología en el Hospital Italiano, y es como si las palabras se me hubieran vuelto huecas, delgadas, chiquitas.

Se sabe: a cierta edad toca afrontar, no solo la inevitable decadencia que, por aquí y por allá, comienza a asomar en el propio cuerpo, sino también la decisiva, arrasadora, definitiva y abrumadora declinación del cuerpo de los propios padres. Es así, y como suele ocurrir con lo real cuando se muestra en toda su descarnada brutalidad, no hay nada (o muy poco) que la palabra pueda hacer ahí. Solo resta poner el cuerpo y estar. Y, mientras, intentar meterle freno a la ansiedad, porque si la vida viene sin manual ni cronogramas, el ingreso de un familiar a una unidad coronaria (o a cualquier otra similar) es el puro territorio de lo impredecible, de lo indomable, de lo desconocido. De lo imposible de manejar.

Así anduve, cargando con la paciencia doble: la que sabés que se le exige al paciente y la que tenés que amasar, quieras o no quieras, en el vestíbulo donde sos un familiar más entre tantos que esperan, por lo pronto, un diagnóstico. No hay, no hubo palabras. Salvo, todos estos días, ir sintiendo cómo algo dentro mío se iba, silenciosamente, vaciando.

Hasta que, una vez más, mi hijo –que desconoce sus poderes– me evitó el marasmo. Me pareció bien evitarle el espectáculo más bien crudo de los primeros días, pero cuando los médicos lograron estabilizar a su abuela, le propuse ir a visitarla. No me voy a detener en los efectos curativos de semejante nieto porque sé que puedo llegar a ser excesiva. Solo diré que tendemos a olvidar lo luminosa que puede llegar a ser la sonrisa (y la voz, y la atención) de un pibe.

Sos un familiar más entre tantos que esperan, por lo pronto, un diagnóstico

Estuvimos los dos junto a mi madre, la acompañamos mientras tomaba su té de hospital, probamos la televisión, la ayudamos a enderezarse en la cama, hablamos de las generalidades que siempre se hablan en estas situaciones. Yo consulté algunas cosas –siempre las mismas– con los enfermeros y al rato nos fuimos.

Antes de todo esto, habíamos entrado por donde se entra ahora al Italiano, por la calle Perón. Es el sector que siempre conoció mi hijo: el área nueva, donde está la Guardia (infinidad de veces hemos estado allí con su abuela), la escalera mecánica, las ventanillas de turnos. Pero esta vez avanzamos un poco más, hasta el pasillo del área antigua.

Es increíble la diferencia entre el gesto mecánico y el gesto que ve. Mi paso fue mecánico; el de mi hijo, no. Hasta ese día, él nunca había estado en esa zona del hospital. Fue pisar las baldosas del viejo edificio y que se le iluminara la cara. “Qué hermoso”, dijo, y juro que me cambió el humor. Él se extasiaba ante los ventanales, el mármol, la arquitectura que habla de otros tiempos; se dejaba ganar por la belleza. Me propuso recorrer un poco. Fuimos hasta la vieja entrada de la calle Gascón, miramos los detalles en madera, la inscripción: Società Italiana di Beneficenza. Le conté cómo era la cosa allá lejos y hace tiempo: la gran corriente migratoria europea y cómo las distintas colectividades se fueron dando, entre otras cosas, sus propias instituciones sanitarias. “Yo nací en el Hospital Español”, recordé, a modo de ejemplo. Obvié decirle –total, para qué– que en ese mismo hospital, sobre avenida Belgrano, murió, bastante antes de que él naciera, su bisabuelo.

Retrocedimos sobre nuestros pasos. Como viajeros en el tiempo, dejamos atrás las décadas de la madera y el mármol y regresamos a la asepsia del sector de cardiología. Fueron apenas unos minutos y lo fue todo.

Es ínfima la brecha entre la ceguera mecánica y los ojos que ven; también, lo que separa las garras de la angustia del diminuto asombro que nos convoca a la vida.



Fuente: LA NACION (extraído usando lector RSS).



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